viernes, 13 de enero de 2012

La moral del "Pequeño Hombrecito" y la libertad libre


Willelm Reich
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"Decir la verdad sobre ti es peligroso para la vida. La verdad es salvadora de la vida, pero se convierte en objeto de pillaje de todas las mafias. Si esto no fuera así, no serías lo que eres ni estarías donde estás.
Mi intelecto me dice: «Di la verdad cueste lo que cueste». El Pequeño Hombrecito que hay en mí dice: «es estúpido exponerse, ponerse a merced del Pequeño Hombrecito. El Pequeño Hombrecito no quiere oír la verdad sobre sí mismo. No quiere asumir la responsabilidad que le corresponde. Quiere seguir siendo un Pequeño Hombrecito o llegar a ser un pequeño gran hombre. Quiere enriquecerse o llegar a ser un líder político, o comandante de la legión o secretario de la sociedad' para la abolición de¡ vicio. Pero no quiere asumir la responsabilidad de su trabajo, del abastecimiento, de la construcción de viviendas, de los transportes, de la educación, de la investigación, de la administración... o de cualquier otra cosa.»
El Pequeño Hombrecito que hay en mí dice:
«Te has convertido en un gran hombre, conocido en Alemania, Austria, Escandinavia, Gran Bretaña, Estados Unidos, Palestina, etc... Los comunistas te combaten. Los «guardianes de los valores culturales» te odian. Tus estudiantes te aman. Tus antiguos enfermos te admiran. Los afectados por la plaga emocional te siguen. Has escrito doce libros y cincuenta artículos sobre la miseria de la vida, la miseria del Pequeño Hombrecito. Tus descubrimientos y teorías se enseñan en las universidades; otros hombres, que comparten tu grandeza y soledad, dicen que eres un hombre muy grande. Eres comparado a los gigantes intelectuales de la historia de la ciencia. Has hecho el mayor descubrimiento de estos últimos siglos, porque has descubierto la energía vital cósmica y las leyes de funcionamiento de la vida. Has explicado el cáncer. Te han echado de un país a otro porque continuamente has proclamado la verdad. ¡Ahora relájate! ¡Ya no te preocupes más!. Disfruta los resultados de tus esfuerzos, goza de tu celebridad.
Dentro de poco tu nombre será reconocido en todas partes. ¡Ya has trabajado bastante! Quédate tranquilo y sigue buscando la ley funcional de la naturaleza.
Así habla el Pequeño Hombrecito que hay en mi y que tiene miedo de ti Pequeño Hombrecito.
Durante mucho tiempo estuve en estrecho contacto contigo porque conocía tu vida por. mi propia experiencia y quería ayudarte. Mantuve este contacto porque me daba cuenta que te ayudaba efectivamente y que tú reclamabas mi ayuda, a menudo derramando lágrimas. Poco a poco entendí que aceptabas mi ayuda, pero que eras incapaz de defenderla. Te defendí y llevé a cabo duros combates en tu lugar. Luego llegaron tus führers que destruyeron mi obra. No decías una palabra y los seguías. Ahora mantengo el contacto contigo para ver como podría ayudarte sin perecer convirtiéndome, ya en tu Führer, ya en tu víctima. El Pequeño Hombrecito que hay en mí, querría persuadirte, «salvarte» y querría ser mirado por ti con esa misma veneración que sientes por las «matemáticas superiores», porque no tienes la menor idea sobre lo que tratan. Cuanto menos comprendes más dispuesto estás a venerar. Conoces mejor a Hitler que a Nietzsche, a Napoleón que a Pestalozzi. Un rey tiene más importancia para ti que Sigmund Freud. Al Pequeño Hombrecito que hay en mí le gustaría conquistarte con los mismos métodos que emplean tus führers. Te tengo miedo cuando es el Pequeño Hombrecito que hay en mí quien quiere «conducirte hacia la libertad». Podrías identificarte conmigo y yo contigo. Asustarte y matarte en mi. Por eso no estoy dispuesto a morir por tu libertad de ser esclavo de no importa quién.
Sé que no puedes entender lo que acabo de decir: «Libertad de ser esclavo de no importa quién»; admito que no es una cuestión sencilla.
Para no seguir siendo esclavo de un único amo y convertirse en. el de no importa quién primero es necesario eliminar a este opresor individual, digamos el zar. Sin embargo, no se podía ejecutar este asesinato político sin grandes ideales de libertad, sin móviles revolucionarios. Se funda entonces un partido revolucionario de liberación bajo la dirección de un hombre realmente grande, digamos Jesús, Marx, Lincoln o Lenin. El verdadero gran hombre se toma muy en serio tu libertad. Para instaurarla en la práctica necesita rodearse de muchos pequeños hombres, de ayudantes y aventureros ya que él no puede acometer solo esta obra gigantesca. Por otra parte, no le comprenderías y lo dejarías caer si no se hubiera rodeado de pequeños
grandes hombres. Rodeado de éstos, conquista el poder para ti, o un trozo de verdad, o una fe nueva y mejor. Escribe evangelios, manifiestos de libertad, etc., y cuenta con tu ayuda y seriedad. Te arranca de tu ciénaga social. Para mantener juntos a tantos pequeños grandes hombres, para no perder tu confianza, el verdadero gran hombre debe sacrificar poco a poco su grandeza que sólo era capaz de salvaguardar en la más absoluta soledad espiritual, lejos de ti y de tu ruidosa existencia -y sin embargo en estrecho contacto con tu vida-. Para poder conducirte debe aceptar que lo transformes en un Dios inaccesible. No le tendrías confianza si continuara siendo el hombre sencillo que era, el hombre que puede amar a una mujer sin necesidad de un certificado de matrimonio. En este sentido únicamente tú eres el que creas a tú nuevo amo. Promovido al papel de «nuevo amo», el gran hombre pierde su grandeza, pues su grandeza se basaba en su honradez, sencillez, valor, y en un contacto real con la vida. Estos pequeños grandes hombres cuya grandeza se deriva del gran hombre, acaparan altos cargos de las finanzas, la diplomacia, el gobierno, las ciencias y las artes, y tú permaneces donde estabas: en la ciénaga. Continúas vestido andrajosamente por un «futuro socialista» o un «Tercer Reich». Sigues viviendo en casas sucias con techos de paja y paredes de estiércol. Pero estás orgulloso de tu palacio de cultura. Te conformas con la ilusión de gobernar hasta la próxima guerra y la caída de los nuevos amos."
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