miércoles, 7 de marzo de 2012

No tenemos ojos para ver las emociones, definir valores y la belleza, estamos ciegos


Por las tardes, siempre venia un hombre con un libro, se sentaba en un banco de un jardín cercano al puerto, abría su libro y su mirada se perdía en unos momentos entre las paginas y otros en el horizonte como que buscando algo. Tranquilamente, así pasaba las tardes hasta que el sol se marchaba comprometiéndose en volver de nuevo.

Era un hombre del lugar, que nunca había viajado mas lejos que a la capital de provincia, donde visitaba a una su hermana que ahí casó, esto se decía.

Se comenta en el pueblo que quedó soltero, que vivía solo, una decisión que tomo en sus tiempos de juventud determinada por una desilusión amorosa, Jimena, ahora a lo que parece esta jubilado, se dice que solo pensaba en sus libros y en sus tardes de sol.

Nadie sabia ni lo que leía, ni lo que le motivaba para que todos los días sin excepción, este hombre no faltara a su cita con el sol, su  libro y su banco de jardín.

Un día, me acerque en la tentativa de ver lo que leía y donde miraba y para mi sorpresa el hombre era ciego. Al acercarme, escuchó mis pasos y perdió su mirada de nuevo en el libro que acariciaba con sus dedos. Ahí era yo el ciego, se le podía adivinar una actitud de felicidad al leer algo y sentir unas emociones que yo no podía entender ni disfrutar, pare junto a el, le saludé y pregunte:

-Buenas tardes, que lee usted ?

-Un libro de viajes, contestó y retomó la lectura.

Seguí caminando y pensé en todo lo que he visto en sus ojos:

Este hombre viaja. Arrastrado por la fuerza que impulsa a las aves a migrar, mudo y estático, al sonido de las sirenas de los navíos, o de los aviones que pasaban, se quedaba mirando al horizonte, escuchando unos que llegaban a los que daba procedencia y a otros que partían , dándoles sus respectivos itinerarios.


Sentado en un banco de jardín cercano al embarcadero soñaba ser pasajero  de cada uno de ellos, daba igual la procedencia destino o distancia, si  en algún viaje era tripulación en otras tan solo un polizón, sinónimo de escondido y clandestino, la aventura aumentaba de intensidad y con ella crecía su emoción de ser un viajero sentado en un banco de jardín, pero daba igual el sabia el nombre y la distancia entre las ciudades donde se imaginaba viajar.

Se hizo mayor a la sombra de recuerdos que ha construido para si mismo, a su medida, pero llego a un momento en que las gaviotas del embarcadero ya no gritaban su nombre a la partida ni a la llegada.

Ya mayor el hombre, sin alas para volar ni navío con que navegar, aun así se sentaba en su banco , lo de siempre, para sentir el sol partir ya sin viaje mas que el regreso a casa.

Hace algún tiempo que no le veo en el banco de jardín, y se comenta  en el pueblo de que se ha muerto, pero no , no se ha muerto.

Vive en cada uno de nosotros, que por mucho viajar no soñamos, que por mucho ver , estamos ciegos y amarrados a compromisos siempre de carácter urgente, muchas veces sin sentido y estamos estáticos, finalmente no tenemos ojos para ver las emociones, definir valores  y la belleza. Siempre cansados perdemos todas  nuestras energías, volcándonos en todo lo superfluo.

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