viernes, 25 de mayo de 2012

La metafísica del cuerpo de la mujer amada


El cuerpo de la mujer amada, no es un cuerpo, es una evocación, un momento de momentos. El cuerpo de que hablamos, no es un conjunto de órganos en descomposición en el tiempo, no es un fenómeno bioquímico, es un cuerpo de naturaleza divina.
 Estos momentos privilegiados de belleza se encuentran normalmente a la orilla del mar, como sirenas, besadas por el sol. Lejos de la polución urbana y algunas veces en  la soledad de las montañas. El mar o las cumbres  celebran la "perfección" del cuerpo de la mujer, su "divinidad” mucho antes de que hubiera dioses. No es su cuerpo en si mismo, ni su espíritu, pero si la débil transfiguración de una divinidad, el momento divino de la trascendencia de su carne en “momentos” bañados por el sol a la orilla del mar o en la cumbre de una montaña.
El cuerpo transfigurado "sagrado" y consagrado por el amor, se consume en la gloriosa hermosura del cuerpo amado, este desafía el animal, la misma naturaleza y todas las ciencias y toma lugar en la eternidad de la memoria como divinidad.
Puede parecer  paradójico, abordar el tema del cuerpo a través del estudio de la metafísica, toda la dignidad del hombre reside en el pensamiento, pero no es este cuerpo sacralizado un pensamiento? Un filósofo de la “verdad” y de “la libertad”, no niega la divinidad de un cuerpo bello y divino, le asume como uno de los pilares de su fe humanista. Lo que identifica verdaderamente un filósofo humanista  es la humildad con que incesantemente vuelve a lo más básico de la conciencia humana y así,  desnudo, siente como le llama la naturaleza del bello, y siente el mismo impulso hacia el , de la misma forma como lo ha sentido el primer hombre.
Pero, qué es un hombre? Qué es este cuerpo, que inexplicablemente me asombra en su belleza, este cuerpo que pronto regresará a la tierra y se transformara en “polvo y nada”,  pero es en ese diminuto intervalo de tiempo, entre el ser y no ser, en ese momento, que a los ojos de quien ama ese cuerpo se diviniza en su belleza.
Aun muerto el cuerpo, pero viva la belleza divina que sustenta, es como que esa mujer tiene vida en el rostro de la muerte. Su belleza supera la misma muerte, lo que supone toda una metafísica del cuerpo, una fenomenología, el mar la montaña y la urna de la ontología, la cumbre y la sal de la sociología, de una estética, de una erótica, de una ética, y de una teología que pude estar muerta o viva, en esta metafísica de vivos en que esa mujer bella y amada, incluso en la urna, habitada por su cuerpo vive.

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