sábado, 27 de octubre de 2012

El hombre tiene el privilegio de la locura , Hegel


Hegel indica de manera incidental que el hombre tiene, «por decirlo así, el privilegio de la locura», pues sólo a él «le es concedido pensarse en [un] estado de completa abstracción del YO». «Lo que hace que pueda fijarme en una representación particular inconciliable con mi realidad concreta, escribe, es que primero soy un yo completamente abstracto e indeterminado, y que como tal, puedo admitir un contenido arbitrario y forjarme las representaciones más vacías, creer que soy un perro por ejemplo o bien imaginar que puedo volar, porque hay bastante espacio ante mí para volar, o porque hay otros seres vivos que vuelan».
El hombre no coincide consigo mismo, dicho de otra manera, no está encerrado en el círculo de su realidad bruta, de tal manera que no podría engañarse a sí mismo. Se piensa, se determina él mismo, se dice a sí mismo lo que es por mediación del sentido y dentro del campo general del significado. Se habla y se significa, diríamos en lenguaje más moderno. Por eso mismo, está abierto a la totalidad de las determinaciones posibles, y, completamente despegado de sí mismo para poder decirse en el registro de lo general (decir su particularidad en términos de valor universal), puede pensarse absolutamente en lo abstracto, y decirse cualquier cosa con respecto a sí mismo. La realidad del significado puede más que su propia realidad o, más bien, se sustituye a ella. Porque hablo, porque soy un ser de palabra, estoy expuesto a ese peligro de encontrar más verdad en lo que digo que en lo que sé que soy. Dependo del lenguaje para decirme. El lenguaje dice lo que soy, pero, por eso mismo, hasta poder decirlo en lugar de lo que soy.
Locura: el poder del significado vuelto contra la efectividad del individuo, el sentido desalojando al sujeto, absorbiendo la realidad de las palabras a la realidad humana y suplantándola. Idéntico esfuerzo así en esta observación incidente de Hegel para inscribir la locura en la condición subjetiva. Dado lo que soy en calidad de hombre, estoy expuesto a la locura, la locura es mi «privilegio». Se aprecia el inmenso camino recorrido desde Kant. No se escapa a la condición humana por estar loco. Al contrario, algo de la condición humana se cumple en la locura. La locura no es un paso a otro elemento irremediable en la razón, sino una vía obligada que debe adoptar la razón para constituirse. Es la misma razón la que está grávida de la locura. Ciertamente, no por ello deja la locura de constituir su otro, pero un otro que le es interior, en cierto modo, y cuya aparición se inscribe en la lógica misma de su funcionamiento. Inconcebible, para Kant, que el desarrollo de la razón la empuje a desembocar por sí misma en la locura y que esta locura permanezca de alguna manera en la esfera de la razón, al mismo tiempo que el loco se queda en algún lugar fuera de su locura. Un pensamiento totalmente fuera de sí mismo, que ha dejado su base común y recreada sobre otra base, un pensamiento que encierre herméticamente en sí al que lo piensa: ésa es para él la locura por excelencia. Con Hegel, una locura que la subjetividad llegando a sí misma encuentra y atraviesa en su trayecto (por su parte, el loco como enfermo se detiene ahí), una locura en la que se encarnan en una primera figura -imperfecta-la unidad y la escisión del sujeto y del objeto definiendo en su forma acabada al pensamiento racional. Una locura que ya no es salto de los límites de la condición humana, sino prolongamiento límite de la experiencia humana.

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